martes, 4 de diciembre de 2012

Labio a labio


Fue todo tan sencillo y natural que, la idea de que vuelva a suceder me cubre el cuerpo de sudores cálidos y melosos…
Nunca la sentí tan sensual como aquella noche en mi casa, tan curvilínea, tan desinhibida. Llevaba un vestido rojo ajustado, el pelo alborotado y el movimiento de las carnes en una armonía perfecta.
La besé en el cuello con suavidad, estábamos solas en la cocina, de fondo, se oía un murmullo de voces descoloridas.
Ella se volvió despacio y sonrió, a mordiscos canallas me comió con firmeza la boca sin respiro. Sus manos, esas manos livianas como plumas, fueron deslizándose por mi cuerpo empezando por las sienes, luego, se escurrieron hasta mi pecho sin retozar en el escote, siguieron el trazo de mi cintura para terminar en las nalgas, recorriendo centímetro a centímetro el perímetro imaginario de mí deseo…
La cogí por el talle y le di media vuelta, su espalda contra mi pecho, apreté con toda la fuerza que me entregó mi ánimo. Un gemido escapó de su garganta y yo, de un golpe seco, dejé chapotear un chorro de agua para confundir su suspiro. Viajé nerviosa por su anatomía externa y con gran delicadeza flexioné las rodillas para ceñirme más a su cuerpo, para abrigar el instante en que nos fundimos en un encaje de placer, en un enredo sin sentido…
De pronto,  nos entró la risa al escuchar en eco:
- ¡Chicas! ¿Dónde están esos hielos? 

5 comentarios:

  1. Una descripción de "ese momento" audaz y elegante a la vez. Muy bien narrado.¡Lástima la interrupción!

    ResponderEliminar
  2. Bonito título y mejor relato!! Enhorabuena!!

    ResponderEliminar
  3. Muy bueno, Mercedes, la frase final es un buen remate. Felicidades.

    ResponderEliminar
  4. Con todo lujo de detalles. Realmente erótico tu relato.

    ResponderEliminar